¿Guaido debe renunciar?

Es tiempo de dejar los modos y las formas. No estamos para edulcorar verdades. Tampoco para encubrir procederes escabrosos, solo porque todos nos encontramos en una misma acera luchando contra un dictador y su séquito de hienas. Si no se corrigen los desatinos de fondo en el seno del Gobierno interino, las cosas en Venezuela no van a cambiar.

Y es que bajo el mantra del cese de usurpación, una lucha —que primero se creyó genuina— terminó convirtiéndose en una especie de socialismo azul. La misma perversión en el poder, pero solo de otro color. Así fuimos engañados. Así han pasado más de dos años y Juan Guaidó no ha demostrado otra cosa que ineficiencia. Entonces, es hora de depurar los errores: debe renunciar.

Es lo mejor. De hecho, es lo mínimo que puede hacer para preservar un poco de respeto de quienes aún —en su testarudez propia de la inocencia de creer que por sus métodos existe un camino para librarse del chavismo que está desollando a Venezuela— quieren que el jovenzuelo con pinta de bonachón, salido de tierras guaireñas y forjado en el calor de las filas de Voluntad Popular, siga al frente de un poder que hoy luce hueco. Relegado. Mirado de soslayo por la Unión Europea, Estados Unidos, la ONU o cualquier otro organismo con un ápice de sentir democrático.

Y es que Juan Guaidó le ha vendido un espejismo a la sociedad opositora para que esté tranquila, de que alguien, él mismo, se está ocupando de trazar el camino para la recuperación democrática y… La verdad de esto es que ese discurso es una gran falsedad.

La ilegitimidad demostrada con hechos

Es raro escuchar de un triunfo del Gobierno interino estos días. Solo disputas. Disputas a lo interno, disputas por reconocimiento, nombramientos de carácter fantástico y así… Nada que se traduzca en beneficio real para los venezolanos que ingenuamente creen que el interino logrará desalojar al usurpador, ni para los que simplemente padecen resignados la mayor crisis humanitaria sin esperar nada de la desgastada oposición.

El fin de semana se dio un ejemplo fidedigno de lo que se cataloga como un nombramiento vacío. El domingo Guaidó anunció que había solicitado a su cercano colaborador Roberto Marrero y al periodista Eduardo Sapene “desarrollar y coordinar esfuerzos para seguir adelante” en su intención de reestructurar Telesur.

Ahora, el punto está en que en enero de 2020, Guaidó designó a los periodistas Leopoldo Castillo y Larissa Patiño para estar al frente de la “Comisión para la Reestructuración de Telesur”, en los cargos de presidente y coordinadora, respectivamente, para “recuperar la señal (de Telesur) y colocarla al servicio de la democracia en la región”.

Esto nunca ocurrió. Telesur sigue ubicándose del lado del régimen, lavándole la cara a diario y en concreto no se supo que hicieron Castillo y Patiño  al frente de la mencionada comisión para quitar a Maduro el control del canal.

El caso de las vacunas que deben llegar al país para hacer frente a la pandemia ha sido otra estafa. En Venezuela solo se han recibido 300.000 vacunas rusas Sputnik V y 500.000 dosis de la china Sinopharm. Tales cifras son ínfimas considerando que este territorio tiene una población que supera los 28 millones de personas, según cifras del Banco Mundial.

Pero Guaidó, intentando darle utilidad a su investidura de presidente interino, anunció el 19 de marzo que iniciaría gestiones para disponer de 30 millones de dólares de los recursos congelados en Estados Unidos para la adquisición de vacunas a través del mecanismo Covax, de la OMS.

Luego de la polémica por la negativa del régimen a permitir el ingreso de la vacuna del laboratorio AstraZeneca por los supuestos efectos secundarios que causa, finalmente fue Delcy Rodríguez, en nombre del chavismo, quien anunció el pagó de poco más de la mitad del monto requerido para la adquisición de 11,3 millones de dosis. Y aunque no ha quedado claro el origen de los fondos, lo que sí quedó nuevamente en evidencia fue la capacidad de Guaidó para ejercer funciones como jefe de Estado.

Disputas internacionales 

Otro ejemplo de cómo las cosas se complican sobre el reconocimiento de Guaidó es el pleito por la legitimidad para acceder al oro depositado en el Banco de Inglaterra.

Nadie toca los lingotes dorados hasta que se aclare la cuestión de forma y fondo sobre la legitimidad de quién manda en Venezuela. Mientras esto sucede, las promesas de Guaidó sobre las vacunas siguen acumulándose cual torres de papeles.

La posesión de Citgo, principal activo de Venezuela en el exterior, también pende de un hilo. El interinato se encargó de llevar a tribunales una propuesta arriesgada que tuvo un resultado desalentador: la validación de los bonos 2020 que permiten la ejecución de una hipoteca que hoy, debido a las políticas de Estados Unidos, no ha terminado de resolverse, al menos hasta julio.

Sin embargo, la pérdida de Citgo, lastimosamente, luce inminente.

Se derrumba el castillo de naipes

Al salir Donald Trump de la Casa Blanca —cuya Administración le dio la legitimidad que hoy luce tan endeble— se resquebrajaron varias cosas para el interinato. A pesar de lo que diga el secretario de Estado, Anthony Blinken, en esos discursos tibios, la realidad es que Estados Unidos mira con lupa los pasos de Guaidó y asociados. Sigue de cerca los fondos que tocan y para qué los destinan. No hay confianza. No es para menos. Desde su llegada al poder los escándalos de corrupción se han multiplicado como ratas en una madriguera.

Ahí es cuando se recuerda «el Cucutazo», el caso de cómo varios enviados de Guaidó se apropiaron en Colombia de fondos para la ayuda humanitaria. Un incidente donde Rossana Barrera, cuñada del diputado del partido Voluntad Popular, Sergio Vergara, conocido como mano derecha de Juan Guaidó; junto a Kevin Rojas, fueron protagonistas de un escándalo detectado por la inteligencia colombiana relacionado con el despilfarro de dineros públicos que en principio habían sido destinados para pagar el hospedaje de los militares que desertaron el 23 de febrero de las fuerzas militares de Maduro.

Los fracasos no han sido pocos. Para muestra la terrible derrota a sus intentos de «libertad» el 30 de abril de 2019. Un día que fue para el olvido y solo acumuló una frustración más, excepto para su jefe político Leopoldo López, quien fue el único que consiguió su libertad tras refugiarse en la embajada de España en Caracas y posteriormente radicarse en Madrid con su familia.

Y es que son tantas derrotas, que terminan haciéndole el juego al régimen de Nicolás Maduro. Tristemente esa es la percepción que a diario cobra fuerzas entre propios y extraños.

El socialismo rojo vs. el socialismo azul

Lo cierto y sin muchos calificativos es que el status quo representado por la coexistencia de Maduro y Guaidó puede durar años si no se ataca pronto esta perversión. Ambos tienen incentivos para permanecer en el poder. Uno de forma autoritaria y aunque el otro se escude en principios de legalidad y legitimidad, solo le sirven para disponer de los fondos del Estado venezolano favoreciendo a sus familiares, amigos y compañeros de Voluntad Popular.

«El Cucutazo» es solo la punta del iceberg. Casos como ese son un secreto a voces en el seno opositor. Personajes clave como Javier Troconis, que se ha metido en una cantidad nada despreciable de escándalos turbios en sus «labores de gestión» en la recuperación de activos en el exterior, han empañado la gestión del interinato. Los ruidos sobre corrupción son cada vez más frecuentes. Y si el río suena…

Entonces, hoy este socialismo azul, esta suerte de cofradía liderada por el delfín de Leopoldo López, debe acabar. Demostró ser ineficaz. Demostró que en lugar de ser una opción, hoy es quien obstaculiza que surja alguna alternativa de oposición que cumpla el rol de resistencia real y eso, con el reloj en contra, como está estos días Venezuela, no debe perdonarse ni posponerse.

Fuentes:
BBC España / PanAm Post / worldbank.org