¿Es cierto que no hay rumbo?

Hace ya algún tiempo que en esta gestión gubernamental a nivel nacional se dice y se escribe que el problema estriba en que no se pone de manifiesto un rumbo claro. Además se consumen glándulas salivares y ríos de tinta debatiendo acerca de quién manda en nuestro país. Estimo que las dos observaciones constituyen una pérdida lastimosa de tiempo, aunque sean formuladas con los mejores propósitos e intenciones. Lo primero porque no es cierto lo que insinúa el interrogante: es claro que la marcha es hacía el chavismo y lo segundo en definitiva resulta irrelevante, lo crucial es el resultado de la gestión y no detenerse en los vericuetos palaciegos por más estruendosos que sean.

Pienso que en lugar de balbucear generalidades es perentorio proponer medidas concretas para reencauzar los pasos argentinos hacia los valores y principios alberdianos que nunca debimos abandonar. Recordemos que desde nuestra Constitución liberal de 1853 y antes del golpe fascista del 30 y desde luego antes del golpe militar del 43 éramos junto con Estados Unidos el país más floreciente del planeta. Los ingresos y salarios en términos reales de los peones rurales y de los obreros de la incipiente industria eran superiores a los de Suiza, Alemania, Francia, Italia y España por lo que la población de inmigrantes se duplicaba cada diez años.

Luego nos invadió el estatismo que echó por tierra con el bienestar moral y material de todos pero muy especialmente el de los más necesitados debido al incremento galopante de la miseria. A esta altura es indispensable proponer la eliminación de faenas inútiles en el organigrama gubernamental y no digo recortar gastos puesto que igual que con la jardinería la poda se traduce en crecimientos con mayor vigor.

En otras oportunidades me he detenido en desarrollar en detalle sugerencias para proceder en consecuencia, es esta ocasión solo insisto en la necesidad de recurrir a lenguajes más precisos. Incluso cuando la parla se dirige a la independencia y rigor de la Justicia parecería que se pasa por alto su significado que según la definición clásica consiste en «dar a cada uno lo suyo» y lo suyo remite al derecho de propiedad tan avasallado en nuestros días desde la sandez del control de precios hasta esa contradicción en los términos denominada «empresa estatal» puesto que el eje central de la actividad empresarial se traduce en asumir riesgos con recursos propios y no con el fruto del trabajo ajeno por la fuerza.

Por su parte los precios son las únicas señales para operar en el mercado. Si se distorsionan con la irrupción de los burócratas inexorablemente hay derroche de capital lo cual implica una reducción en los salarios de la gente puesto que las tasas de capitalización son el único factor que los determina. Esa es la diferencia entre los salarios de Uganda y Alemania. No es que el alemán sea más generoso que el ugandés, es que está obligado a pagar mayores salarios porque sus inversiones son más elevadas, a su vez fruto de marcos institucionales civilizados que protegen y no conculcan los derechos de las personas.

Hasta el federalismo se ha deteriorado gravemente. Son las provincias las que constituyen la nación y no el gobierno central, consecuentemente son aquella las que debieran coparticipar al gobierno federal manteniendo todos los gravámenes en las jurisdicciones provinciales excepto los de relaciones exteriores, defensa y para financiar la Justicia federal. La competencia entre provincias es lo que estimula incentivos para que las personas no se muden de provincia y para atraer inversiones.

En resumen, es de esperar que la oposición trasmita discursos de mucho mayor espesor al efecto de correr el eje del debate en esta batalla cultural que resulta indispensable.